1 de enero de 2026. 3.30 a.m.

Unos tablones astillados, símil madera, maderita o melamina. Qué linda palabra melamina, me gustan sus sílabas juntas: me-la-mi-na. Suena a enfermedad terminal. Los manteles de poliéster de la fiesta de quince de Muriel. Menú frío, cada uno trae lo que puede, come lo que trae, no hay asientos asignados ni platería, nadie se posa la servilleta sobre el regazo. Hay familias ensambladas de cubiertos, negros, amarillos, tramontina y el papel absorbente, cuidasosamente doblado en triángulos, debajo de los platos. Para empezar, ensalada de papa, huevo y mayonesa, matambre arrollado, pionono con salsa golf, la torre de panqueques en un tupper de FRIGOR. Para servirse, una fuente común de lo que se asó por horas, el lechón, unos muslos de pollo, champignones rellenos para los vegetarianos y las guarniciones: morrones asados, provoleta, se me olvidan las achuras que me dan asco, todo se pierde, se entrevera entre la sidra y el vino. De postre budín de pan que hice con las sobras del pan dulce de Navidad, la torta tres leches de mi hermana, dos capas de bizcochuelo húmedo que batió a mano porque nos quedamos sin luz. Un corcho vuela, dos lo esquivan, tres festejan. Se abren paquetes de garrapiñada, confites de chocolate, mantecol y turrones de maní, plastilina blanca, torpe, dura, se estiran en la conversación. Los de la cabecera no escuchan bien a los de la punta, hay que gritar para que mi abuelo entienda. El interrogatorio a mi amigo Manuel que vino de México y es novedad de este lado del río. La tarde que pasamos en el agua, los ventiladores que ronronean sin descanso, los perros que se alteran cuando los chicos se tiran a la pileta de un bombazo y corren por el borde como queriendo evitar que se ahoguen. El tereré de limón endulzado con chúker. Las chicharras cuando se hace de noche. Las coreografías de zumba de las chicas. El parlante que se satura y se desconecta. Uno que tomó por los demás y habla de más. Agradece y llora. Lo callan y se va. Los adolescentes que salen de fiesta y los más chiquitos acostados en una cama improvisada de sillas plásticas. Los deseos de los que creen. La cuenta regresiva en el noticiero local. Las copas que tintinean, el crujir del vidrio a las doce en punto. Los besos en la mejilla que se multiplican como “la paz sea contigo” de misa.

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