El tipo este vive en carpa. Pero no de esos iglúes verdes y naranjas que se clavan a la tierra y tienen pasillo, puerta, ventanas y mosquitero, ni tampoco de las que armaba con sábanas sobre la cucheta de mis hermanos. No. Esta carpa son dos bolsas de nylon atadas en las rejas de la escuela de la esquina de Armenia y Paraguay, la “Primaria Común N° 17 Blas Parera”, aprendí el otro día, con la calle a oscuras por la lluvia de la madrugada y las luces de neón del local de enfrente, una incubadora de empanadas, que reflejaban las letras de chapa sobre la vitrina.
Una casa, su casa, dos bolsas entre dos barrotes. Dos y dos casi nunca da cuatro. Las bolsas como estacas que sostienen este refugio linyera, que le dan perímetro a su existencia. Le dicen: “movete solo por esta superficie”, y el tipo hace caso, se mueve solo por esa superficie. Tan obediente es que cuando quiere hacer ejercicio se pone unos auriculares blancos y camina ida y vuelta sobre el largo que marca la reja, va hacia un lado, hace tres o cuatro pasos y enseguida pega la vuelta hacia el otro, como si una corriente de ondas lo frenara, como si no pudiera ir más allá. Me hace acordar a las clases de body pump que hacía en pandemia, los videos de Youtube que me ponía para entrenar en el patio de casa.
El mobiliario incluye una silla de madera y una mesita plástica, un colchón, un balde, a veces también una silla negra de escritorio, de las que usan los empleados de marketing de Mercado Libre, con el cogote atrofiado de tanto pensar cómo evitar ser desplazados por la inteligencia artificial.
Ahora se puso un negocio, vende libros usados, un catálogo extravagante, con títulos que van desde la autobiografía de Moria Casán, pasando por el de Ludovica, la tarotista de los famosos que no pega una, el Gran Atlas Universal tapa dura y en la esquina “Estrategia de Acción”, hasta llegar a uno color sepia que tiene una foto de Perón agitando las palmas. Y adoptó una mascota, un canario negro del tamaño de un kiwi, Mireya se llama. Lo tiene posado sobre el índice, la gente se acerca a sacarle fotos, a tocarle la cabecita, estupefactos de que el bicho se quede quieto, también preso de las energías del perímetro.
La otra vez que vino papá a visitarme le dije, che pá, me parece medio raro el vago este, duerme ahí, está re instalado, tiene el mate y una radio, no sé. Manuela está afuera de una escuela, si fuera peligroso ya lo hubieran sacado, me dijo. La próxima vez que paso lo miro con carpa y lo saludo. Me saluda, sabe quién soy, si me mira el culo cada vez que vuelvo del gimnasio. Pero esta vez le veo un ojo violeta, no sé si alguien habrá querido robarle “Primer Tiempo” de Mauricio Macri, si se peleó por el bicho o por los muebles.
El domingo pasé por el maxikiosko a comprar un huevo de chocolate para llevar al almuerzo y una kangoo ploteada de amarillo se estacionó enfrente. Vi salir dos tipos con chalecos amarillos y el numeral ciento ocho. Pascuas de resurrección.
Deja un comentario