Mi papá es terco, muy terco. Si no la gana la empata y busca la forma de torcer las cosas a su favor para quedarse con el mejor argumento. Le gusta levantarse temprano, así que madruga y lee el diario en la computadora sin importar qué día de la semana es. Ahora que estoy más grande y vivo sola lo entiendo: nada como la primera hora de la mañana, con esos rayos de sol que calientan las miguitas desparramadas en el mantel de la cena, el silencio espeso como una salsa bechamel. No desayuna, se baja un termo de mates lavados y con eso le basta (en esta sí no lo entiendo). Hace unos años empezó a correr y se volvió triatleta y después maratonista con una determinación que admiro. Empezó a entrenar porque un día le dije que sólo hacía actividad física una vez al año, el mes previo al torneo de rugby que organizan las divisiones veteranas del club. Eso dice mucho de él (y de mí). Al principio corría con unas zapatillas baratas, una camiseta vieja y el celular en la mano. Ni auriculares tenía. De a poco se fue enganchando y con las zapatillas profesionales vinieron las barritas de proteína, el reloj deportivo (que mide pasos, pulsaciones, ritmo cardíaco y tantas otras cosas más) y los audífonos inalámbricos. Papá me llama siempre que mamá tiene una salida y se queda solo en casa. Mamá, en cambio, no me llama casi nunca. No es que no hablemos, ni que tengamos una relación distante: ella sabe que estoy bien y con eso le basta, aunque también nos cuesta un poco estar separadas, así que vamos como los caballos. Cada tanto chateamos pero viaja con frecuencia a la ciudad en la que vivo así que la veo seguido. Aprovecha los congresos que le pagan los laboratorios para estar con nosotras, se anota en todos los que puede y duerme en los hoteles más lindos de la Capital. Mi mamá es increíblemente hermosa. Cuando viaja a atender al interior levanta a todos los que se encuentra haciendo dedo por el camino. Le interesan las personas, todas las personas. El último técnico de wifi que vino a mi casa le contó sus problemas de pareja y ella lo escuchó atentamente y le dió un par de consejos. Vive con un pie en este mundo y con el otro en el suyo, casi todo el tiempo se queda tildada mirando un punto fijo. Se ha hecho muchos amigos que ha comprado a fuerza de inocencia y generosidad. Es la mujer más carismática que conozco, no tiene malos días y lo único que la pone furiosa es la injusticia. También es terca y le cuesta pedir perdón. Los dos son muy sensibles, no reprimen lo que sienten. Hace poco, cuando les conté que por fin había conseguido trabajo, se largaron a llorar. Mi papá lloró tanto que tuvo que cortar la llamada y me mandó un audio con la voz completamente quebrada. Me gusta eso porque me hace creer en nuestro vínculo como algo puro y transparente, manso como un río que atardece.
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