Si voy por la senda peatonal de Luis María Campos no lo alcanzo. Tengo que correr hasta Federico Lacroze y hacerle señas desde ahí para que sepa que, cuando el semáforo se ponga en rojo, voy a subirme. Esa es mi táctica para enganchar el 59 a tiempo. Casi siempre funciona. Casi. Pero hoy, que necesitaba que funcione, que crucé, mal, por el medio de la calle, que me lancé como a la vida que busco, más liviana, que tiré unas brazadas exageradas a lo lejos, me falló. Sé que el tipo me vió y que simplemente decidió ser un forro esta mañana, así que le deseé un mal día y un la re puta madre lancé al cielo. Esperé el próximo, y haciéndome paso entre las axilas del púber de jogging y chomba blanca que subió conmigo, me senté al fondo. Mensaje de mi jefe: “llego más tarde a la oficina”. Otra vez preocupándome al pedo, será de Dios. El colectivo avanza y nos zarandea, cada vez que frena corta en seco lo que me cuenta la señora de al lado. Toca el timbre unas paradas más adelante y al bajar el chofer le cierra las puertas antes de tiempo. Con total tranquilidad le dice atrevido, clavándole una mirada digna de gualicho. Qué buen insulto, pienso, y junto el pulgar con el índice como aplastando un bicho que no da miedo.
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