42.195

Siempre creímos en vos, decía el arco verde de la llegada cuando estabas a unas zancadas de la meta. 42.195 metros. Una maratón, tu primera.  

Desde que papá empezó a entrenar le hicimos el aguante, lo seguimos por el país y lo alentamos en triatlones, maratones y carreras. Vos te encargabas de buscar la mejor ubicación, de asegurarnos un buen lugar para esperar su llegada y filmarlo para los que no estaban ahí. 

Este año decidiste pasarte al otro lado de la valla. Empezaste a correr en el mismo grupo que papá y seguiste al pie de la letra las indicaciones de tu entrenador. La vez que hicieron un entrenamiento de prueba, para medir la velocidad en 21 kilómetros de recorrido, llegaste exhausta. No estabas acostumbrada a los geles ni a su textura gelatinosa (como la de las gomitas y los chicles, que nunca te gustaron) y eran días en los que el cuerpo te pesaba. Papá te dobló en velocidad y dio una vuelta extra para alcanzarte, pero desististe porque no estabas para seguirlo. Ya en casa dormiste una larga siesta. 

La de 30 kilómetros que vino después la hiciste de taquito. Te sentías bien antes y después de correrla y esa misma tarde merendaste las medialunas que te había comprado como si hubieras trotado tres cuadras. Varios entrenamientos y unas sesiones de kinesiología más tarde, llegó el día de la maratón. 

Vos y papá desayunaron temprano y salieron con tiempo, y con mamá y Feli los seguimos unas horas después. Feli rumbo al subte, de Scalabrini Ortiz a Catedral para esperarte en el punto de los 30 kilómetros y correr con vos lo último, como le pediste. Con mamá, el termo, el mate, las galletitas y la cámara, en taxi hasta la llegada. Joaco desde su cama, con el celular, pendiente y alentando por el grupo que tenemos los seis en WhatsApp. 

El taxista nos dejó en Libertador y Dorrego, ya estaba todo cortado, así que tuvimos que seguir el trayecto a pie. Un domingo gris, de nubes gordas, con el pasto del predio mojado y lleno de barro por la lluvia de la madrugada. Seguimos caminando hasta la entrada y con la gracia de la charla que nos caracteriza, nos hicimos amigas de una señora que nos hizo lugar, un spot perfecto para verlos.

El frío desentonaba con el inicio de la primavera, pero ahí estábamos nosotras, con las manos blancas y los labios violetas, los pies haciendo raíces en el suelo. No nos movimos ni para hacer pis. Nos pasamos uno, dos, tres mates lavados para calentarnos y mamá que me abrazaba de atrás. Una brasilera me preguntó si la podía dejar pasar (pensé que quería mi lugar pero buscaba saltar la valla) y le grité, sin nada de amabilidad, que no, que ya llegaban. 

Sabíamos la hora aproximada en la que iba a llegar papá, las dos atentas buscando su conjunto de siempre, el de cábala, de short azul, gorra blanca y remera roja. Nos daba miedo no verlo porque había mucha gente y llegaban todos juntos, se amontonaban y era difícil distinguirlos. Nos vio él a nosotras. Cuando almorzábamos nos dijo: “el año pasado estaban en el mismo árbol, por eso miré”.

Nos abrazamos los tres. A papá lo vi muchas veces, le dije a mamá. Yo la espero a Mora. Me importaba que llegaras vos. Te iba siguiendo por el celular, atenta a tus movimientos, nerviosa. Pasaste la barrera de los 35 kilómetros, después la de 40, y cuando quedaban los últimos metros te vimos. Cruzaste con los brazos en alto y lo abrazaste a papá que te esperaba recuperado y con su medalla. El llanto te inundó apenas nos viste. Yo te decía ya está mi amor, ya llegaste, y mamá te felicitaba. Te abrazaste con Feli, que también estaba cansado, y le dijiste “gracias, Fe”. 

Charlando más tarde contaste que lo más duro fue llegar a los 30 kilómetros, pero que seguías porque sabías que estaba Feli esperándote, que tenías que llegar por él. Feli no solo corrió a la misma velocidad que vos (cuando es más rápido y hace pasos mucho más largos porque te dobla en altura) sino que te puso la música que querías, Macklemore y Residente, te filmó y te dejó el estrellato de cruzar la meta. 

Si todo esto me emociona no es porque corriste tu primera maratón. No es la carrera ni la meta. Es que lo hiciste para acompañar a papá, que Feli lo hizo para acompañarte a vos, y que mamá, Joaco y yo para acompañarlos a ustedes.

Siempre creímos en nosotros, dice nuestro arco de llegada. 

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